La Semana Santa en el Municipio de Bahía de Banderas.

Profr. Eduardo Gómez Encarnación.

Cronista Municipal.

En aquel entonces, un luto estricto caía sobre los pueblos de la costa durante toda la Semana Santa. Desde el lunes, las pocas imágenes de la capilla y de las casas, eran cubiertas por un lienzo de color morado, color oficial de luto de la liturgia católica. Todos los días se hablaba en voz baja, casi en susurros, y por ningún motivo se podía cantar. Había que caminar sin hacer ruido y, de ser posible, sobre el aire. El silencio del duelo era tal, que hasta las gallinas y los perros parecían entenderlo. En la casa de mis abuelos había dos perros y medio centenar de gallinas y, que recuerde, no ladraban ni cacaraqueaban durante la Semana Mayor. Sólo el silencio impenetrable, era apenas profanado por los rezos fervientes del Viacrucis. En cada pueblo hubo una rezandera quien encabezaba con oraciones, lecturas y cantos, el Camino de la Cruz en esos días. Rezanderas de verbo impactante, como mi tía Calixta Moreno, verdaderas “dolorosas” por haber perdido también un hijo o un ser querido. Nomás de escucharlas se nos ponía el “cuero de gallina”…

Y qué decir de las prohibiciones y creencias. Todo mundo debía andar a pié; nadie podía montar a caballo sin ser acusado de “pretoriano”, aquellos guardias romanos que aprisionaron a Cristo en el Monte de los Olivos. Estuvo estrictamente prohibido trabajar Jueves y Viernes Santo, so pena de hacerse merecedor de un castigo divino. Por muchos años se recordó en el pueblo de Valle de Banderas, la historia de un fabricador de petacas y chiquihuites a quien se le apareció el diablo nomás por cortar carrizo en estos días.

Lo mismo sucedía con el aseo personal. No se desempiojaba chiquillos, porque en estos días fue pecado atentar contra cualquier criatura viva. Y nadie podía bañarse en el rio o el mar sin el riesgo de convertirse en pescado. Sin saber dónde ni a quien le sucedió, fue muy conocida la historia de una muchacha que se volvió sirena en “la otra costa”, por desobedecer a sus padres y meterse al río.

 

El Judas.

El Viernes Santo, la palomilla de jóvenes se organizaba para elaborar un Judas. Se hacía rellenando un pantalón y una camisa vieja con paja de frijol, hojas de plátano o rastrojo de maíz seco. A la cabeza se le daba la apariencia de cara con una máscara de bule seco, se remataba con un sombrero inservible… y listo.

En algunos pueblos el monigote era paseado desde ese día por la tarde montado en un burro, mientras se pedía dinero, comida o bebida para velar al Judas. Con el dinero que se reunía se pagaba la música, y la comida y bebida era para darle ánimo a la palomilla. Por la noche, la gavilla de jóvenes se dedicaba a “robar” algunos bienes de las casas de aquellos que no quisieron cooperar: ropa, cazuelas de capirotada, máquinas de coser, arados, animales etc.

Todas las cosas “robadas” se concentraban en la plaza del pueblo, donde se exhibían para ser recuperadas mediante una pequeña multa. Ahí en la plaza, se leía el Testamento de Judas, un legajo de versos rimados y divertidos, donde este personaje heredaba sus bienes, tanto materiales como espirituales, a personas muy conocidas de la localidad. Nunca faltaba en los pueblos un versador ingenioso que supiera arrancar las carcajadas de sus paisanos. Después de la entrega de triquis y tiliches robados y la lectura del testamento, el Judas era paseado por las calles con música de mariachi, para terminar siendo colgado de un árbol y quemado.

Con algunas variantes, la tradición del Judas siempre estuvo presente en nuestra región hasta los años sesenta. A medida que los pueblos crecieron, ésta y otras costumbres han ido desapareciendo. Felicitamos desde aquí a La Cruz de Huanacaxtle y al poblado de Aguamilpas que todavía festejan “la quema del Judas”. ¡Ah!, y no se les olvide darle también tres azotes a los chiquillos para que crezcan, como se usaba antes el Sábado de Gloria.

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